Se sabe que el masaje aparece como uno de los principios terapéuticos más antiguos del mundo, quizás nacido del bienestar que proporciona el ser tocados y ha ido evolucionando hasta los cientos de tipos de masaje que se aplican hoy en día en todo el mundo. Los distintos tipos se diferencian generalmente por los pasos y las indicaciones terapéuticas que proporcionan a medida que se van experimentando a lo largo de los tiempos diferentes técnicas y observando sus resultados. Ante todo se interpreta un masaje como ‘’una operación que consiste en frotar, presionar o golpear rítmicamente con intensidad adecuada determinadas partes del cuerpo, con distintos fines terapéuticos, deportivos, estéticos, etc…’’, es decir, tocar con un procedimiento específico con un fin concreto. Se diferencia de las caricias por que éstas no tienen un fin terapéutico en sí mismas (aunque probablemente lo sean). Ese procedimiento puede darse a otra persona, lo que se llama propiamente masaje, o a uno mismo, lo que se conoce como automasaje.

Pero lo que siempre ocurre en un masaje, independientemente de qué técnica se aplique, es que se toca. Y lo que se toca siempre es la piel. Se sabe que la piel se forma en el feto del mismo tejido celular que el cerebro. Podemos así comprender la importancia que tiene como ‘cerebro periférico’ y también entender lo que representa para el sistema nervioso central un masaje. Pero la piel es, además, un sentido: el tacto. Debemos ampliar nuestro concepto de tacto de la limitación inconsciente de nuestras manos, para incluir toda la extensión de nuestra piel. Si bien las manos forman parte del tocar y son el instrumento de acción más preciso que tenemos, el tacto no se limita a ellas. De hecho podemos tocar con la cara, la boca, el culo, la cabeza, los pies…, sin utilizar para ello ningún movimiento manual.

Pero, ¿qué es el tacto?

Desde luego uno de los 5 sentidos, pero la dificultad que plantea hablar del tacto es debida al comportamiento energético, intuitivo, inconsciente, que vehiculizamos cuando tocamos: ¿qué es lo que transmitimos cuando tocamos y recibimos cuando somos tocados? Es muy importante valorar esto pues no es lo mismo dar o recibir, y no es lo mismo una caricia que una bofetada.

El tacto es un sentido muy peculiar pués es el único de los 5 sentidos que podemos dar y recibir (no podemos dar nuestro oído o nuestro gusto, aunque podríamos matizar dar o recibir una mirada también ¿verdad?), pero desde luego si podemos dar nuestro toque y recibir el de otro. El tacto es como la palabra en cuanto a vehículo de expresión de nosotros mismos e igual que nuestras palabras son aprendidas, también aprendemos nuestro tacto, incluso desde antes del nacimiento. Por eso a nivel profesional cada masajista es único/a, no solo por su técnica que puede ser diferente de otro, si no especialmente porque expresa su identidad, expresa lo que somos, y de igual forma que vamos expresando nuestro ser auténtico utilizando palabras concretas o tonos de voz personales, expresamos también a través de nuestro toque nuestra verdadera identidad, única e intransferible.

El tacto que todos conocemos es un sentido que desarrolla una energía universal: expresa la fuerza del Éter, quintaesencia de las otras cuatro fuerzas que generan los 4 Elementos: Fuego, Aire, Agua y Tierra. Todos ellos se sintetizan en el quinto elemento: el Éter. En el ser humano cada elemento se corresponde con uno de los sentidos: éter =tacto, fuego = vista, aire =olfato, agua = oído y tierra = gusto. El éter era ya sagrado para los griegos, y los hindúes consideran el conocimiento del éter el más alto conocimiento al que puede llegar un ser humano. Su relación desde tiempos inmemoriales con lo Divino nos aclara la castración cultural que tenemos del tacto: si el tocar nos conduce a lo Divino, si nos comunica, a través del éter, con el Todo y nos transmite la certeza de estar conectados al Universo, serenando los miedos inconscientes a la soledad o a la muerte al conectarnos a la Vida, no es extraño que las grandes religiones lo prohíbieran, dándole carácter corrupto, rompiendo el vínculo individual interno para favorecer el religioso, externo. Sin embargo la energía transmitida con el contacto físico, el con-tacto, es tan vital para el individuo que se sabe que todo recién nacido necesita ser tocado para sobrevivir, ya que aunque tenga alimento y calor si no se le toca languidece hasta morir. El tacto nutre, pero nutre por que transmite una energía en el propio acto de tocar. La energía que transmite la persona que toca, la expresión individual queda recogida totalmente por la piel del receptor e interpretada por el cerebro en un tiempo que nosotros valoramos como instantáneo. Y esto no solo es por la capacidad del sistema nervioso de recoger datos, si no por la sensación perceptiva especial que tenemos de la vibración del éter: no es lo mismo que nos toque una máquina que una persona… pues somos capaces de sentir la ‘intención’ que tiene la persona que nos toca, incluso sin verla. Pero desde luego, la interpretación individual que hacemos de ese toque está filtrada por nuestro sistema de pensamientos y creencias, dando una realidad u otra al toque percibido, según cada persona. Por esto es necesario comenzar a conocer los filtros mentales, inscritos en nuestro inconsciente individual a través de nuestra experiencia táctil desde el nacimiento y en el inconsciente colectivo a través de milenios de toques deformados y tabúes religiosos, para tomar consciencia de aquellos filtros que nos impiden recoger fielmente los datos recibidos y depurarlos para que la interpretación táctil sea lo más refinada posible, lo más limpia y pura, para que nos ayude a nutrir-nos y a disfrutar tanto como a alertarnos y protegernos.

El tacto es sentido más ‘íntimo’ que poseemos. A cierta distancia, nuestra piel todavía capta el campo energético de la persona, lo que nos resulta de gran ayuda para valorar aquello que nos interesa o no. Es de todos sabida la ‘distancia social’ que inconscientemente usamos a diario: más lejos nos mantendremos cuanto menos conozcamos a la persona. Pero aunque esto tiene un componente muy alto de los condicionamientos culturales a los que me referí, no debemos pasar por alto el componente ‘intuitivo’ de la percepción inconsciente del campo energético, etérico, de la otra persona: a veces nos acercamos sin conocer a alguien por ‘las buenas vibraciones’ que emite.

El hecho de ser tocados desencadena grandes cambios que se traducen en respuestas fisiológicas instantáneas: cuando estamos tristes y un amigo querido nos coge la mano, cuando de niños recibimos un tortazo cargado de ira de nuestra madre o padre, el nudo del estómago con la caricia de nuestro amado, las caricias en el pelo cuando éramos niños…Todas las sensaciones táctiles interconexionan de un modo asombroso con muestras emociones produciendo cambios en nuestro comportamiento y en nuestro estado interior. Sería muy interesante estudiar atentamente las emociones relacionadas con el tacto, tanto cuando damos como cuando recibimos. Es por esta razón, y por la nutrición espiritual que el ser tocado representa, que muchas personas buscan a un/a profesional formado y pagan por darse un masaje.

¿Te apetece uno?

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